De pronto apareció mi abuela de la nada. “Hijo, acompáñame a aquel lugar, no quiero ir sola” “Si abue, a la hora que tú digas nos vamos”. Se acercó un automóvil blanco, despacio se detuvo ante nosotros. Me asomé para ver al conductor pero todo estaba ensombrecido. “Este es el taxi, hijo, ya vámonos”. Abordamos y el auto se puso en marcha.
Nos dirigimos hacia la loma con las tumbas sembradas. Un escalofrió recorrió mi cuerpo al acercarnos hacia ese lugar. Subimos por el camino, despacio. Pude observar con más precisión las tumbas blancas: había gente caminando entre ellas, o hincadas llorando a sus muertos pese a que yo había visto todo desierto. Nos vieron pasar y clavaron sus miradas en nosotros, contemplándonos, como si esperaran nuestro paso por ahí.
Mis oídos se taparon. Una sensación extraña recorría mi cuerpo de arriba hacia abajo y viceversa. El auto avanzaba lento como en cámara lenta en medio de un estrecho camino que estaba en medio de un putrefacto río. Observe por la ventana y vi sus aguas verdes y hediondas, emanando vapores fétidos, infestadas de basura. El horror y el asco se apoderaron de mí cuando vi cabezas flotando en el agua: eran cabezas de perros, de borregos y de humanos; todas podridas, descarapeladas, con el terror a la muerte todavía marcado en sus rostros y jetas. También vi estacas en las aguas podridas, con calaveras clavadas en las puntas: sonrientes y observantes. Había también una gran roca, con hoyos que parecían ventanas, era como la entrada a una cueva oculta en las profundidades del río; había antorchas en su interior hasta donde alcanzaba a ver, un susurro apenas detectable me llamaba desde dentro. El auto salió con velocidad intrépida de ese espantoso camino, de ese lugar al que nadie quería ir.
Sentí un aire más fresco y limpio. Se destaparon mis oídos. Todo volvió a la calma. Vi entonces muchas casas blancas y el cielo era azul.
Todo desapareció. No había auto, ni abuela, ni casas blancas, ni ríos fétidos. Estaba sentado en medio de mi casa, en una silla. Todo era sombrío. Escuchaba voces de gente alrededor mío pero solo pude distinguir sus siluetas negras sin reconocer a nadie. Las voces tampoco me parecían familiares. Alguien habló: “Sí… es a la medianoche. El caballo pasa justo por afuera de aquí. Si alguien lo espera y lo ve, el jinete podría darle una bonita sorpresa.” Se oyeron murmuraciones de las demás personas. “Podría ser un hombre muy guapo”, dije yo sin saber a quién me estaba dirigiendo. La gente estalló en risas por mi comentario. “Sí-dijo alguien- hasta podría ser un hombre guapo.”
De pronto se escuchó un absoluto silencio. Deje de ver las sombrías figuras que minutos antes estaban murmurando entre sí. La habitación se oscureció. Vi hacia la ventana que da a la calle y un escalofrío se apoderó de mi cuerpo. Escuché, a lo lejos, el trote de un caballo. Se fue acercando y haciéndose más notable al paso de los segundos. Por la ventana se filtraron luces de color verde y rojo: delgadas líneas de luz neón atravesaban el cristal. La sombra de un caballo sin jinete pasó por la ventana, con paso lento. Sin detenerse prosiguió su camino, desapareció de la ventana y el trote se alejó. Una tranquilidad impero en la habitación y el silencio cobró vida otra vez. Sin embargo las luces permanecían.
En un instante el lento trotar del caballo volvió a oírse a lo lejos. El miedo me sedujo y el escalofrío regresó a mi espalda. Regresaba el caballo y algo en mi mente decía que esta vez no vendría solo. El cuarto se sintió más solo que nunca antes, temí hacer cualquier movimiento aunque fuera para cerrar los ojos. El trote se escuchó con más fuerza. Miré hacia la ventana y vi pasar de regreso la sombra del caballo, aunque esta vez no venía solo: distinguí la sombra de alguien acostado en su lomo. El caballo se detuvo justo en medio y entonces, lentamente, la figura sombría de un esqueleto empezó a incorporarse hasta quedar sentada. Extendió sus huesudas manos y señaló hacia el lugar donde yo estaba.
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