Era
una tarde gris. De pie en medio de un campo desierto, observé hacia
todas direcciones buscando no sé qué cosa. Un viento helado soplaba
estremeciendo mi cuerpo. De pronto ante mi apareció una loma que no
había visto, dividida en dos por un camino de tierra. A los costados del
camino había cientos de tumbas, quizás miles: era un gran cementerio de
mausoleos blancos. No había nadie ni entre las tumbas ni por aquel
camino. Observé todo ese panorama y me di cuenta que no era la primera
vez que había estado ahí.
De pronto apareció mi abuela de la nada.
“Hijo, acompáñame a aquel lugar, no quiero ir sola” “Si abue, a la
hora que tú digas nos vamos”. Se acercó un automóvil blanco, despacio se
detuvo ante nosotros. Me asomé para ver al conductor pero todo estaba
ensombrecido. “Este es el taxi, hijo, ya vámonos”. Abordamos y el auto
se puso en marcha.
Nos dirigimos hacia la loma con las tumbas
sembradas. Un escalofrió recorrió mi cuerpo al acercarnos hacia ese
lugar. Subimos por el camino, despacio. Pude observar con más precisión
las tumbas blancas: había gente caminando entre ellas, o hincadas
llorando a sus muertos pese a que yo había visto todo desierto. Nos
vieron pasar y clavaron sus miradas en nosotros, contemplándonos, como
si esperaran nuestro paso por
ahí.
El
auto iba con mayor velocidad. Yo conocía esas calles por donde
transitábamos. No era fácil encontrar “el lugar” a donde teníamos que
ir, pero a donde nadie nunca quería ir, salvo nosotros. “Por aquí debe
estar la entrada” dijo el conductor a quien yo seguía sin poder ver.
Aumentó la velocidad. De pronto viró con fuerza hacia la izquierda, las
llantas rechinaron, mi abuela y yo nos sacudimos con fuerza y el
conductor nos llevó rápidamente por una larga calle donde todos sus
edificios estaban en obra negra. Caímos.
Mis oídos se taparon.
Una sensación extraña recorría mi cuerpo de arriba hacia abajo y
viceversa. El auto avanzaba lento como en cámara lenta en medio de un
estrecho camino que estaba en medio de un putrefacto río. Observe por la
ventana y vi sus aguas verdes y hediondas, emanando vapores fétidos,
infestadas de basura. El horror y el asco se apoderaron de mí cuando vi
cabezas flotando en el agua: eran cabezas de perros, de borregos y de
humanos; todas podridas, descarapeladas, con el terror a la muerte
todavía marcado en sus rostros y jetas. También vi estacas en las aguas
podridas, con calaveras clavadas en las puntas: sonrientes y
observantes. Había también una gran roca, con hoyos que parecían
ventanas, era como la entrada a una cueva oculta en las profundidades
del río; había antorchas en su interior hasta donde alcanzaba a ver, un
susurro apenas detectable me llamaba desde dentro. El auto salió con
velocidad intrépida de ese espantoso camino, de ese lugar al que nadie
quería ir.
Sentí un aire más fresco y limpio. Se destaparon mis
oídos. Todo volvió a la calma. Vi entonces muchas casas blancas y el
cielo era azul.
Todo
desapareció. No había auto, ni abuela, ni casas blancas, ni ríos
fétidos. Estaba sentado en medio de mi casa, en una silla. Todo era
sombrío. Escuchaba voces de gente alrededor mío pero solo pude
distinguir sus siluetas negras sin reconocer a nadie. Las voces tampoco
me parecían familiares. Alguien habló: “Sí… es a la medianoche. El
caballo pasa justo por afuera de aquí. Si alguien lo espera y lo ve, el
jinete podría darle una bonita sorpresa.” Se oyeron murmuraciones de las
demás personas. “Podría ser un hombre muy guapo”, dije yo sin saber a
quién me estaba dirigiendo. La gente estalló en risas por mi comentario.
“Sí-dijo alguien- hasta podría ser un hombre guapo.”
De pronto se
escuchó un absoluto silencio. Deje de ver las sombrías figuras que
minutos antes estaban murmurando entre sí. La habitación se oscureció.
Vi hacia la ventana que da a la calle y un escalofrío se apoderó de mi
cuerpo. Escuché, a lo lejos, el trote de un caballo. Se fue acercando y
haciéndose más notable al paso de los segundos. Por la ventana se
filtraron luces de color verde y rojo: delgadas líneas de luz neón
atravesaban el cristal. La sombra de un caballo sin jinete pasó por la
ventana, con paso lento. Sin detenerse prosiguió su camino, desapareció
de la ventana y el trote se alejó. Una tranquilidad impero en la
habitación y el silencio cobró vida otra vez. Sin embargo las luces
permanecían.
En un instante el lento trotar del caballo volvió a
oírse a lo lejos. El miedo me sedujo y el escalofrío regresó a mi
espalda. Regresaba el caballo y algo en mi mente decía que esta vez no
vendría solo. El cuarto se sintió más solo que nunca antes, temí hacer
cualquier movimiento aunque fuera para cerrar los ojos. El trote se
escuchó con más fuerza. Miré hacia la ventana y vi pasar de regreso la
sombra del caballo, aunque esta vez no venía solo: distinguí la sombra
de alguien acostado en su lomo. El caballo se detuvo justo en medio y
entonces, lentamente, la figura sombría de un esqueleto empezó a
incorporarse hasta quedar sentada. Extendió sus huesudas manos y señaló
hacia el lugar donde yo estaba.